Corona negra y Rosa negra

agosto 7, 2008 § 5 comentarios

Corona negra y Rosa negra
Anarcomonarquía y anarcomisticismo
Comunicado de la AAO [+]

Al dormir tan solo soñamos con dos formas de gobierno -anarquía y monarquía-. La raíz primordial de la conciencia nunca juega limpio ni entiende de política. ¿Un sueño democrático? ¿Un sueño socialista? Imposible.

Ya traigan mis REM cuasi proféticas visiones pastorales o mera complacencia vienesa, sólo reyes y salvajes pueblan mis sueños. Mónadas y nómadas.

El pálido día (cuando nada brilla con luz propia) llega furtivo e insinuándose sugiere que nos comprometamos con una realidad triste y opaca. Pero en el sueño jamás nos gobiernan sino el amor o la brujería, que son las habilidades de caóticos y sultanes.

Entre un pueblo que no sabe crear o jugar, sino que sólo sabe trabajar, los artistas tampoco conocen otra elección que la anarquía o la monarquía. Al igual que el soñador han de poseer y de hecho poseen sus propias percepciones, y por ello han de sacrificar lo meramente social a una “musa tiránica”. El arte muere cuando se lo trata “con justicia”. El arte ha de gozar del salvajismo de un troglodita o si no le ha de llenar la boca de oro algún príncipe. Los burócratas y el personal de venta lo envenenan, los profesores lo mastican y los filósofos lo escupen. El arte es una especie de barbaridad bizantina sólo apta para nobles y paganos.

Si hubieras conocido la dulzura de la vida como poeta en el reino de algún corrupto, decadente, inepto y ridículo pachá o emir, de un sha de Qajar, de un Rey Farouk, de una Reina de Persia, sabrías que esto es todo lo que cualquier anarquista ha de desear. ¡Cómo amaban los poemas y pinturas, esos opulentos tontainas muertos, como absorbían todas las rosas y brisas frescas, todos los tulipanes y laúdes!

Detestar su crueldad y capricho, sí -pero al menos eran humanos-. Los burócratas, sin embargo, los que embadurnan las paredes de la mente con mugre sin olor -tan amables, tan gemutlich– los que contaminan el aire interior con anodinia, esos no son ni merecedores de odio siquiera. Apenas existen fuera de las ideas sin sangre a las que sirven.

Y además: el soñador, el artista, el anarquista ¿es que no comparte algún tinte de capricho cruel con el más infame de los mongoles? ¿Puede la verdadera vida ocurrir sin alguna locura, algún exceso, sin algún asalto de “lucha” heracliteana? Nosotros no gobernamos -pero no podemos ni seremos gobernados-. En Rusia los anarquistas Narodnik habrían de falsificar en ocasiones un ukase o manifiesto en nombre del Zar; en él el autócrata se lamentaría de que señores codiciosos y oficiales desleales lo habían recluido en palacio y desligado de su amado pueblo. El Zar proclamaría el fin de la servidumbre y alentaría a los campesinos y trabajadores a levantarse en su nombre contra el gobierno. En muchas ocasiones esta intriga consiguió efectivamente encender revueltas. ¿Por qué? Porque el gobernante absoluto actúa metafóricamente como un espejo de la pura y única absolutidad completa del yo. Cada campesino ponía sus ojos en esta vidriosa leyenda y restañaba su propia libertad -una ilusión, pero una ilusión que tomaba su magia prestada de la lógica del sueño-.

Un mito similar debe haber inspirado en el siglo XVII a los Ranters, Antinomianos y Hombres de la Quinta Monarquía, quienes se reagruparon bajo el estandarte jacobita de las cábalas eruditas y las conspiraciones aristocráticas. Los místicos radicales fueron traicionados primero por Cromwell y después por la Restauración ¿por qué no unirse por fin a frívolos caballeros y fatuos condes, a Rosacruces y Masones del Rito Escocés, para colocar un mesías oculto en el trono de Albión? Entre un pueblo que no puede concebir sociedad humana sin un monarca, los deseos de los radicales pueden expresarse en términos monárquicos. Entre un pueblo que no puede concebir la existencia humana sin una religión, los deseos radicales pueden hablar el lenguaje de la herejía.

El taoísmo rechazó la burocracia confuciana en su totalidad pero retuvo la imagen del Emperador Sabio, quien habría de sentarse silencioso en su trono encarando la dirección propicia, para no hacer absolutamente nada.

En el Islam, los Ismailitas tomaron la idea del Imán de la Casa del Profeta y la transformaron en la del “Imán del propio ser”, el yo perfeccionado que se encuentra más allá de toda Ley y regla, que está sintonizado con el Uno. Y esta doctrina los llevó a la sublevación contra el Islam, al terror y al asesinato en el nombre de la pura emancipación esotérica y de la liberación total.

El anarquismo clásico del siglo XIX se definió en su lucha contra la corona y la iglesia, y por tanto a un primer nivel de conciencia se define como igualitario y ateo. La retórica obscurece, en cualquier caso, lo que ocurre realmente: el “rey” se convierte en “anarquista”, el “sacerdote” en un “hereje”. En este extraño dúo de mutabilidad el político, el demócrata, el socialista, el ideólogo racional no tienen cabida; están sordos a la música y les falta todo sentido del ritmo. El terrorista y el monarca son arquetipos; los demás son meros funcionarios.

En otra época el anarco y el rey se agarraron la garganta el uno al otro y bailaron un totentanz -una espléndida batalla-. Ahora, sin embargo, los dos han sido relegados al cubo de basura de la historia; don nadies, curiosidades de un pasado más ocioso y cultivado. Giran tan rápido que parecen fundirse juntos… ¿pueden de alguna forma convertirse en una sola cosa, en un mellizo siamés, en un Jano, en una unidad aberrante? “El sueño de la razón…” ¡Ah! ¡los mas deseables y deseosos de los monstruos! La Anarquía Ontológica proclama abierta, llana y casi descerebradamente: sí, los dos son ahora uno. Como una sola entidad el anarcorey renace ahora; cada uno de nosotros el legislador de nuestra propia carne, de nuestras propias creaciones; y también de todo aquello que podamos capturar y conservar. Nuestras acciones están justificadas por decreto y nuestras relaciones se conforman bajo tratados con otros autarcas. Establecemos la ley en nuestros propios dominios; y las cadenas de la Ley se han roto. Por el momento quizás nos mantengamos como meros pretendientes; pero aun así podemos apoderarnos de algunos instantes, de algunos metros cuadrados de realidad sobre los que imponer nuestra voluntad absoluta, nuestro royaume. L’etat, c’est moi.

Si estamos vinculados a alguna ética o moral ha de ser la que nosotros mismos hayamos imaginado, fabulosamente más exaltada y más liberadora que el “ácido morálico” de puritanos y humanistas. “Sentíos como un dios”, “vos lo sois.”

Las palabras monarquía y misticismo se usan aquí en parte pour épater simplemente a aquellos anarquistas iguali-ateos que reaccionan con pío horror frente cualquier mención de pompa o creencia supersticiosa. ¡Que no haya revolución con champan para ellos!

Nuestra rama de antiautoritarismo, sin embargo, prospera en paradojas barrocas; favorece estados estéticos de conciencia y de emoción sobre todos los dogmas e ideologías petrificadas; abraza a las multitudes y goza de las contradicciones. La Anarquía Ontológica es un duendecillo para las grandes mentes.

La traducción del título (y término clave) de El yo y su propiedad (The Ego & its Own) de Max Stirner, ha llevado a una sutil malinterpretación del “individualismo”. La palabra del inglés-latín ego viene provista de un bagaje de connotaciones freudianas y protestantes. Una lectura atenta de Stirner sugiere que El único y lo que le es propio (The Unique & His Own-ness) reflejaría mejor sus intenciones, dado que nunca define el yo por oposición a la libido o al id, o por oposición al “alma” o al “espíritu”. El Unico (der Einzige) puede más adecuadamente construirse simplemente como el yo individual.

Stirner no se entrega a la metafísica, bien que inviste al Unico de una cierta absolutidad. ¿En qué se diferencia pues este Einzige del Yo del Advaita Vedanta? Tat tvam asi: Vos (yo individual) lo sois (yo absoluto).

Muchos creen que el misticismo “disuelve el yo”. Pamplinas. Sólo la muerte lo hace (o así es al menos en nuestras suposiciones saduceas). El misticismo tampoco destruye el yo “carnal” o “animal” -lo que también significaría el suicidio-. Lo que el misticismo intenta realmente es superar la falsa conciencia, la ilusión, la Realidad del Consenso, y todos los fracasos del yo que acompañan a estos males. El verdadero misticismo crea un “yo en paz”, un yo poderoso. El empeño más elevado de la metafísica (alcanzado por ejemplo por Ibn Arabi, Boehme, Ramana Maharshi) es en cierto sentido autodestruirse, identificar lo físico y lo metafísico, lo trascendente y lo inmanente, como uno. Ciertos monistas radicales han llevado esta doctrina mucho más allá del mero panteísmo o del misticismo religioso. Una aprehensión de la inmanente unidad del ser inspira ciertas herejías antinomianas (los Ranters, los Asesinos) a quienes consideramos nuestros antepasados. El propio Stirner parece sordo a las posibles resonancias espirituales del individualismo; y en esto pertenece al siglo XIX: nacido mucho después de la delicuescencia de la cristiandad, pero mucho antes de los descubrimientos del oriente y de la tradición iluminista oculta en la alquimia occidental, en la herejía revolucionaria y en el activismo oculto. Stirner desestimó cabalmente lo que conoció como “misticismo”, un mero sentimentalismo piadoso basado en la auto abnegación y el odio al mundo. Nietzsche clavó la tapa de “Dios” unos años más tarde.

Desde entonces, ¿quién se ha aventurado a sugerir que el individualismo y el misticismo puedan reconciliarse y sintetizarse? El ingrediente que falta en Stirner (Nietzsche se aproxima más) es una noción activa de conciencia no ordinaria. La realización del yo único (o ubermensch) ha de reverberar y expandirse en olas o espirales o música para abrazar la experiencia directa o la percepción intuitiva de la unicidad de la realidad misma. Esta realización abarca y borra toda dualidad, toda dicotomía y toda dialéctica. Transporta en sí misma, como una carga eléctrica, un sentido mudo e intenso de valor: “diviniza” el yo.

El ser/consciencia/gozo (satchitananda) no puede ser desestimado como un mero “fantasma” stirneriano o una entelequia más. No invoca un principio trascendente exclusivo por el que el Einzige deba sacrificar lo que le es propio. Simplemente establece que la misma conciencia intensa de la existencia da lugar al “gozo” -o en otras palabras- a la “conciencia valorativa”. Al fin y al cabo el objetivo del Unico es poseerlo todo; el monista radical obtiene esto al identificar el yo con la percepción, como el pintor chino que “se convierte en el bambú”, para “pintarse a sí mismo”. A pesar de las misteriosas pistas que Stirner deja caer acerca de una “unión de Unicos” y a pesar del eterno “Sí” de Nietzsche a la exaltación de la vida, su individualismo parece de alguna manera caracterizado por una cierta frialdad hacia el otro. En parte ambos cultivaron una higiénica frialdad como asidero contra la asfixia caliente del sentimentalismo y el altruismo del siglo XIX; en parte simplemente despreciaron lo que alguien (¿Mencken?) denominó “Homo Bubensis”.

Y aun así, leyendo debajo y detrás de la capa de hielo, uno descubre los trazos de una fogosa doctrina -lo que Gaston Bachelard hubiera podido llamar una “Poética del Otro”-. La relación del Einzige con el Otro no puede estar limitada por institución o idea alguna. Y aun así clara, aunque paradójicamente, el Unico depende del Otro para completarse, y no puede realizarse ni se realizará en ningún amargo aislamiento.

El ejemplo de los “niños lobo” o enfants sauvages sugiere que un niño privado de la compañía humana por un período demasiado largo nunca obtendrá humanidad consciente -nunca adquirirá el lenguaje-. El Niño Salvaje facilita quizás una metáfora poética del Unico; y al mismo tiempo señala el punto preciso donde el Unico y el Otro han de encontrarse, coalescer, unificarse; o bien fracasar en la obtención de todo aquello de lo que son capaces.

El Otro refleja el Yo; el Otro es nuestro testigo. El Otro completa el Yo; el Otro nos da la clave de la percepción de la unicidad del ser. Cuando hablamos del ser y de la conciencia, apuntamos al Yo; cuando hablamos de gozo implicamos al Otro.

La adquisición del lenguaje cae bajo bajo el signo de Eros; toda comunicación es esencialmente erótica, toda relación es erótica. Avicena y Dante afirmaron que el amor mueve las estrellas y los planetas mismos en su curso; el Rg Veda y la Teogonía de Hesíodo proclaman a Amor como el primer dios nacido después de Caos. Los afectos, las afinidades, las percepciones estéticas, la convivencia; las más preciadas posesiones del Unico surgen de la conjunción de Yo y Otro en la constelación del deseo. Aquí otra vez el proyecto emprendido por el individualismo puede evolucionar y vivificarse con un injerto del misticismo; específicamente con el tantra. Como técnica esotérica divorciada del hinduismo ortodoxo, el tantra facilita un marco simbólico (una “red de joyas”) para identificar el placer sexual y la conciencia no ordinaria. Todas las sectas antinomianas han contenido algún aspecto “tántrico”, de las Familias del Amor y el Brethren Libre y los Adamitas europeos a los pederastas sufíes de Persia o a los alquimistas taoístas chinos. Incluso el anarquismo clásico ha disfrutado sus momentos tántricos: los falansterios de Fourier; el “anarquismo místico” de G. Ivanov y otros simbolistas rusos de fin de siglo; el erotismo incestuoso del Sanine de Arzibashaev; la extraña combinación de nihilismo y adoración a Kali que inspiró al Partido Terrorista Bengalí (al que mi gurú tántrico Sri Kamanaransan Biswas tuvo el honor de pertenecer)…

Nosotros, por nuestra parte, proponemos un sincretismo de anarquía y tantra mucho más profundo que cualquiera de los mencionados. De hecho, simplemente sugerimos que el Anarquismo Individual y el Monismo Radical sean considerados en adelante un mismo movimiento.

Este híbrido se ha denominado “materialismo espiritual”, un término que quema toda metafísica en el fuego de la unidad de espíritu y materia. También nos gusta “Anarquía Ontológica” porque sugiere que el propio ser permanece en un estado de “Caos divino, de plena potencialidad, de creación continua. En este flujo sólo el jiva mukti, o “individuo liberado”, se autorrealiza, y es por tanto amo o monarca de sus percepciones y relaciones. En este incesante fluír sólo el deseo ofrece un principio de orden, y así la única sociedad posible (como entendió Fourier) es una sociedad de amantes.

El anarquismo ha muerto, ¡larga vida a la anarquía! Ya no necesitaremos más el bagaje del masoquismo revolucionario o de la autoinmolación idealista; o la frigidez del individualismo con su desdén por la convivencia, por el vivir juntos; o las vulgares supersticiones del ateísmo, el cientifismo y el progresismo del siglo XIX. ¡Tantos pesos muertos! Las mohosas maletas proletarias, los pesados baúles burgueses, los aburridos portamantas filosóficos ¡por la borda con ellos!

De estos sistemas sólo queremos su entusiasmo, su fuerza vital, su atrevimiento, su intransigencia, su furia, su desenvoltura, su potencia, su shakti. Antes de tirar por la borda la basura y la impedimenta, saquearemos la valija en busca de billeteras, pistolas, joyas, drogas y otros elementos útiles -nos quedaremos con lo que nos guste y tiraremos el resto-. ¿Por qué no? ¿Es que somos los sacerdotes de algún culto, para canturrear responsos y mascullar nuestros martirologios?

La monarquía también posee algo de lo que queremos; una gracia, una naturalidad, un orgullo, una superabundancia. Nos quedaremos con esto, y tiraremos las desgracias de la autoridad y la tortura en el cubo de basura de la historia. El misticismo tiene algo que nos hace falta; “autosuperación”, conciencia exaltada, embalses de potencial psíquico. Estos serán expropiados en nombre de nuestra sublevación; y dejaremos que las desgracias de la moralidad y la religión se pudran y descompongan. Como los Ranters solían decir saludando a cualquier “criatura compañera” -del rey al carterista- “¡Alégrate! ¡Todo es nuestro!”

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