Cuando haces pop ya no hay stop. Simulacro y políticas post-espectáculo.

abril 29, 2009 § Deja un comentario

Cuando haces pop ya no hay stop

Simulacro y políticas post-espectáculo

Resumen

El Debord situacionista supuso el culmen de un análisis muy concreto sobre la imagen que ha caracterizado a gran parte de las políticas radicales propias de la modernidad. Una tradición, que partiendo de un punto de vista platónico, vería la representación como una huida de la “verdadera realidad”. Bien, la tesis que intentaremos defender -fundamentalmente desde el campo de la filosofía- es la siguiente: La emergencia de lo que Debord llamó “sociedad del espectáculo” antes que una sumersión en el dominio del simulacro -como doble malvado de la copia- (Baudrillard) ha supuesto más bien el defundamento del plano de representación inaugurado por Platón y la apertura a nuevas políticas de la imagen más allá de él. Políticas más radicales pues atacan a la alianza entre poder y saber (Foucault) que establecía dicho análisis. Así, la última parte de esta comunicación pretende delinear este nuevo campo de acción política -ayudada de autores como Gilles Deleuze o el mismo Foucault-, situado ya en el dominio del simulacro, en donde ya no es tan importante el valor de verdad de la imagen como los efectos que produce.

Keywords: simulacro, sociedad del espectáculo, imagen, saber/poder, pensamiento-estado, cultura pop.

Rosendo González Núñez
Universidade Invisibel
23 de Abril de 2009
Comunicación con motivo del seminario Políticas públicas na sociedade globalizada en la Universidade da Coruña
Versión 1.1

Texto

Mirar, yo cada vez estoy más seguro, Barack Obama -presidente de los Estados Unidos- va a salvar el mundo. Va a hacerlo tanto de los malvados Ben Laden como de la anterior administración estadounidense -George W. Bush-, también de muchos otros males. Tengo pruebas que lo demuestran. Prueba 1: Hace unos días, mientras se destapaba una supuesta prueba nuclear por parte del régimen anti-democrático de Corea del Norte, Obama dió un discurso en Austria en el que abogaba por el fin de las armas nucleares. Fin, como decía él, de “la herencia más peligrosa de la Guerra Fría, que hace convivir a los jóvenes de hoy con la certeza de que su mundo puede ser borrado en un simple destello de luz”. El discurso acababa así: “Si creemos que la proliferación de armas nucleares es inevitable, nos estamos entonces admitiendo a nosotros mismos que el uso de armas nucleares es inevitable”. La audiencia entonces respondía: Yes we can. Prueba 2: No solo eso, con él comienza la reconciliación con Oriente Medio: alianza de civilizaciones. Obama es de familia musulmana, fue criado durante un periodo en un colegio musulmán, su abuelo fue musulmán y su padre musulmán no-practicante. Sabe de lo que habla. Así nos lo recuerda en unas palabras que ofreció más o menos por la misma época, Parecido a aquello que decía el subcomandante Marcos, Obama es negro, Obama es latino, Obama es musulmán, Obama es progresista… y todo ello en Estados Unidos. ¿Podemos acabar con el choque de civilizaciones? ¿o acaso es algo imposible? Yes we can. Prueba 3: Por último, Obama va a conseguir superar la crisis económica mundial y lo hará mejorando las prestaciones sociales en uno de los paises mas retrasados en este aspecto. También lo dijo, de nuevo por las mismas fechas, en este caso en Nueva Orleans. Yes we can.

Obama es un estupendo cuentahistorias, no hay duda de ello. ¿Pero acaso hay que culparlo de ello? ¿gritar lo falso o hipócrita que pueda ser? ¿lo retorcido? ¿Hasta que punto la política no se basa hoy en contar buenas historias? ¿quizá lo ha hecho siempre?. En un libro reciente -Storytelling, la máquina de fabricar historias y formatear las mentes-, Christian Salmon elabora una genealogía de lo que llama “giro narrativo de la política”. Una historia de como la política -en este caso estadounidense- llega a mezclarse de forma irresoluble con la narración. Política como storytelling. Hasta el punto de que un asesor de George Bush llegó a decir “ahora somos un imperio, y cuando actuamos, creamos la realidad, y mientras tu estudias esa realidad, nosotros actuaremos de nuevo y crearemos una nueva realidad”. Una afirmación que a algunos izquierdistas -con su espíritu ilustrado- les pareció espeluznante: a George Bush se la rempamplinfa la realidad. Un buen titular, en este caso de una columna del New York Times.

Todo esto me recuerda a una polémica que allá por el año 1991 inició Jean Baudrillard en base a un artículo suyo que tituló “La guerra del golfo no ha tenido lugar”. El artículo empieza con una supuestamente sencilla pregunta: “¿Está teniendo lugar realmente la guerra del golfo?”. Desde luego que podría ser pura especulación publicitaria, Un acontecimiento irreconocible enmascarado por la sucesión de imágenes nocturnas de bombardeos y de declaraciones de George Bush padre y gente torturada por Saddam. ¿Pero los muertos son reales? ¿no?. Además, lo más terrible de todo, según nos cuenta Baudrillard, este estado de indeterminación parece irresoluble. De ahora en adelante la guerra no sería sino disuasión -al estilo de la guerra fría- o mejor aún: autodisuasión y autodisolución. La guerra es en este caso ejemplo de la incapacidad de nuestro tiempo para acceder a lo real, también imposibilidad de “hacer política”. “Esta guerra ya no responde a la fórmula de Clausewitz de la prolongación de la política por otros medios; resultaría más bien de la carencia de política prolongada por otros medios”. Ya solo esas historias por televisión y esas imágenes de visión nocturnas. Baudrillard dice: “La publicidad es, de toda nuestra cultura, la especie parasitaria más resistente. Sobreviviría sin duda incluso a una confrontación nuclear. Es nuestro Juicio Final”. La guerra del golfo es propaganda de no-política. Obama es el jinete del apocalipsis.

Para entender bien esta radical -y provocadora- argumentación de Baudrillard hay que atender a su teoría sobre simulacros y simulación, como en “Cultura y simulacro”. Para él, la guerra, la realidad, ya no es sino una precesión de simulacros -al igual que la política cuantahistorias del gobierno de Estados Unidos, y no solo de él. Hiperrealidad. Pero no nos adelantemos, expliquémonos. El mundo que nos describe Baudrillard es el mundo del sobre-triunfo de la imagen. Toda la historia de occidente se plantea en sus términos como la historia de la estetización del mundo, su puesta en escena cosmopolita, su disposición en imágenes, su organización semiológica. Pero no solo eso, sino que la imagen -protagonista de esta historia- guarda en sí misma una teleología (perversa). Hagamos una historia de este destino según Baudrillard: Primero. Esta aparece como reflejo de una realidad profunda. Es fiel aun modelo original. Llamesele Dios, Idea, padre o lo que fuera. Segundo. La Imagen comienza a enmascarar y desnaturaliza esa realidad profunda. Y Lo hace de manera simultanea a su aparición. Tercero. Aparece un imagen que enmascara la ausencia de realidad profunda. Cuarto. Finalmente surge la imagen que no tiene nada que ver con ningún tipo de realidad. En este estadio final, en el que nos encontramos -y la guerra del golfo puede ser un ejemplo de ello, el storytelling político también- el simulacro termina por suplantar la realidad hasta un punto que solo reina la incertidumbre. El storytelling político esta firmando la sentencia de muerte de lo político. Es el fin de la historia.

Este ansia destructiva de la imagen puede ejemplificarse a través de la iconoclastia religiosa -como hace el mismo Baudrillard. Además este caso nos permite conocer el matiz histórico de esta degeneración de la imagen. Palabras de un iconoclasta: “Prohibí que hubiera imágenes en los templos porque la divinidad que anima la naturaleza no puede ser representada”. Ocurre, como Baudrillard explica, que justamente ese es el peligro, que “puede ser representada”. Pero, “¿qué va a ser de ella si se la divulga en iconos, si se la disgrega en simulacros? ¿Continuará siendo la instancia suprema que solo se encarna en las imágenes como representación de una teología visible? ¿O se volatilizará quizá en simulacros, los cuales por su cuenta, despliegan su fasto y su poder de fascinación, sustituyendo el aparato visible de los iconos a la Idea pura e inteligible de Dios? Justamente es lo que atemorizaba a los iconoclastas”. La imagen de Dios -utilizada para aumentar el poder de este- termina matando a la Idea de Dios. Sucede finalmente una paradoja. Los verdaderos iconoclastas han resultado ser los iconolatras. “Al igual que los barrocos, somos creadores desenfrenados de imágenes pero en secreto somos iconoclastas. No aquellos que destruyen las imágenes sino aquellos que fabrican una profusión de imágenes donde no hay nada que ver”. No solo muerte de Dios sino de todo modelo de la imagen y de sentido de esta. Desaparición por sobre-producción. “Y a través de este procedimiento somos así aniquiladores de lo real por su hiper-representación”.

Baudrillard representa una linea del pensamiento crítico que podría tener sus antecesores contemporáneos -por citar algunos- en el Walter Benjamin de “la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” o el Guy Debord de “La sociedad del espectáculo”. Por un lado, en Benjamin la obra de arte pierde en nuestra época -fundamentalmente a partir de la aparición de los medios de reproducción técnicos- su “aura”, su carácter único, su aquí y ahora, terminando por sumergirse totalmente en el reino de lo político -como según él ocurre en el caso comunista- o, en su caso contrario, con la estetización de lo político -como de nuevo según él ocurre en el caso nazi. Benjamin acaba así: “La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado tal que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden”. Por otro lado, Guy Debord -influenciado por una crítica fuerte al capitalismo y la teoría marxista de la alienación- empieza su libro así: “Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación”. Ambas expresiones ponen los pelos de punta. Son palabras nada esperanzadoras -en cuanto en que no dejan lugar para un futuro- las de los tres autores: Benjamin, Debord, Baudrillard.

Aún podríamos remontar aún más atrás esta genealogía, posiblemente a Platón, quien inauguraría un plano de representación -una forma de entender la imagen, de epistemología de la imagen- que vendría a formar parte central del pensamiento occidental hasta nuestros días. Este modelo se presenta en una triada conformada por un modelo y dos diferentes formas de representarlo, la copia y el simulacro. Mientras que la copia aparece como una representación fiel del modelo -también como una forma de su perpetuación y defensa-, el simulacro es una distorsión de este -y una distorsión con pretensión de serlo, o al menos con cierta predestinación, cierto destino trágico que le conduce a amenazar al modelo y a la copia. Platón pone como ejemplo a las estatuas griegas, las cuales son más grandes en la parte superior, para que la gente que las viera desde la base lo hiciera de forma correcta, en la escala correcta y con unas proporciones dignas de las formas ideales de un dios. En este caso, basta cambiar de perspectiva para que la estatua muestre su naturaleza monstruosa. Platón decidirá entonces que es mejor expulsar a los poetas -como máximos exponentes del simulacro- de su ciudad ideal. No le falta sentido del humor. El simulacro es alienación, falsedad, fuga del ideal -y finalmente asesinato de este. Esta epistemología tendría su actualización en Aristóteles y luego pasaría al corpus cristiano para formar finalmente una pieza fundamental de la ilustración y la modernidad. Modelo, copia, simulacro. Y así hasta acabar en la situación que describen Baudrillard, Debord y Benjamin, que vendrían a argumentar un triunfo del simulacro. La guerra del golfo no tuvo lugar. Política del storytelling. Fin de la historia. Régimen de incertidumbre.

Gilles Deleuze -en “Lógica del sentido” y “Diferencia y repetición”- entiende esta situación de forma radical diferente, aunque siguiendo la misma genealogía. Lo que para otros es el fin de la historia -lo que también quiere decir el fin de lo social o de cualquier proyecto emancipatorio-, para él viene a significar más bien una liberación. Lo que para Baudrillard es el triunfo de un régimen que solo puede acabar en catástrofe, para Deleuze es algo bien distinto: este, “asegura un hundimiento universal, pero como acontecimiento positivo y gozoso, como defundamento”. El -llamemosle así- acontecimiento-pop, el grado tal en que el simulacro se muestra indistinguible de la copia y se vuelve en contra del modelo hasta el momento de hacerlo indescifrable -o incluso suplantarlo. En él se produce algo fundamental que va a venir a actualizar la epistemología de la imagen. El simulacro descrito hasta entonces en términos puramente negativos, llega a adquirir un estatus positivo. Suplanta la realidad o quizá deberíamos decir más bien que la produce. “El problema ya no concierne a la distinción Esencia-Apariencia, o Modelo-copia. Esta distinción opera enteramente en el mundo de la representación. […] El simulacro no es una copia degradada; oculta una potencia positiva que niega el original, la copia, el modelo y la reproducción. […] El simulacro hace caer bajo la potencia de lo falso (fantasma) a lo Mismo y lo Semejante, el modelo y la copia. Hace imposible el orden de las participaciones, la fijeza de la distribución y la determinación de la jerarquía. Instaura el mundo de las distribuciones nómadas y de las anarquías coronadas”. El plano de representación inaugurado por Platón -que se presenta a sí mismo como “lo que precede a la catástrofe”- muestra así un cariz muy diferente: simplemente es un determino régimen de alucinación, de simulación. El modelo platónico, como nos explica Deleuze, es un modelo que se fundamento en lo Mismo, la determinación abstracta del fundamento como lo que posee en primer lugar. “El platonismo funda así todo el ámbito que la filosofía reconoce como suyo: el ámbito de la representación lleno de copias-iconos, y definido no en relación extrínseca a un objeto sino intrínseca al modelo o fundamento”. Resultó que siempre vivimos en un régimen de simulación: tiempo actualizado, tiempo aionico. Y en la elección de Platón hay todo tipo de cuestiones políticas. Y esto se ve directamente en la defensa de su modelo.

Hablábamos antes de la guerra del golfo. Baudrillard agumentaba que esta podría ser perfectamente falsa, una simulación de la guerra como medio de disuasión de lo real. Pero eso no es lo importante, tampoco es importante que el objeto del simulacro existiera originalmente o no, porque a partir de la enunciación efectiva de “la guerra del golfo” esta entra al plano de lo real, “la guerra del golfo ha tenido lugar”, sin ningún género de dudas. Baudrillard tiene razón al analizar la guerra del golfo como una simulación. No se discute ya los términos de verdad o falsedad. La simulación produce -siempre lo ha hecho- lo real. Esta no es una mala -o perversa- copia de ello. La política siempre tuvo un carácter de storytelling. Obama no es el anticristo. El espectáculo puede continuar.

Quizá sea hora de volver la cabeza a otros aspectos del problema. Observar no tanto el valor de verdad como los efectos que produce -como decía Michel Foucault. La guerra del golfo delimita los terrenos entre buenos y malos. Genera una oposición simbólica en oriente medio -tras el derrumbe de la unión soviética. Parte radicalmente entre democracia y dictadura. Entre estado laico y estado islámico. Resumiendo: “O estás conmigo o estás contra mí”. Es así que se despliega un mapa dominado por las dicotomías y sin afuera -que remite a lo Mismo y lo establece como término de comparación. A esto era lo que Deleuze y Félix Guattari denominaban “pensamiento-estado”. Expliquémonos. Para Deleuze y Guattari todo estado tiene la necesidad de crear una imagen del pensamiento que le sirva de máquina abstracta, “una interioridad” -una forma- en la cual el sujeto sólo podrá pensar desde la centralidad pensamiento-Estado y usar esas imágenes inclusive para refrendarlo aún en la oposición, dicha interioridad deberá enfrentarse a contra-pensamientos. El pensamiento capturado por el estado opera así dentro de una lógica arbórea: producción de ramificaciones que usualmente toman la forma de oposiciones binarias: la mujer y el hombre, la muerte y la vida, el bien y el mal, etc. El espectáculo puede operar justamente como forma de perpetuación de esta organización simbólica -una cuasi-causa, como dirían Deleuze y Guattari o Brian Massumi.

Como modelo epistemológico diferente al del pensamiento-estado, Deleuze y Guattari proponían lo que ellos llamaban pensamiento-nómada, o rizoma. Al igual que el pensamiento-estado opera una distribución pero está no es limitativa, ni binaria, sino que son multiplicidades de n dimensiones que se conforman de manera abierta. Deleuze y Guattari toman la imagen del rizoma de manera opuesta a aquella del arbol -con sus ramificaciones. Todo ello -como ya vimos- tiene que ver con la política.

Para ir acabando -se agota el tiempo-, Stephen Duncombe es otro de los autores -en este caso de una tradición totalmente diferente a la de Deleuze y la filosofía francesa- que intenta articular una política del espectáculo en términos antagonistas. Podemos utilizar el ejemplo -entre muchos-, como él hace, de los reclaim de streets. Un carnaval que toma como motivo político la toma de la metrópolis, también su interferencia, para la expresión común. Entre las características importantes de estos espectáculos, estas representaciones, Duncombe destaca un rasgo que considera esencial: el estar abierto a una multiplicidad de significados. La lógica rizomática que exponían Deleuze y Guattari vuelve a emerger.

Quizá Barack Obama -o George Bush padre- no sea todo lo buen político que deseáramos, quizá su espectáculo no huya del pensamiento-estado, pero ya no podemos acusarlo de negador de la realidad. Ahora bien, ¿podemos imaginar, podemos pensar, podemos efectuar, una nueva política radical de la imagen? ¿una política ya anclada en el reino de la simulación? Solo se me ocurre una respuesta: Yes we can.

Bibliografía
Baudrillard, Jean
1997. La Transparencia del Mal. Ensayo sobre los fenómenos extremos. Anagrama: Barcelona.
2005. Cultura y simulacro. Kairos: Barcelona.
2009. “La guerra del golfo no ha tenido lugar” en http://caosmosis.acracia.net/wp-content/uploads/2006/12/baudrillard-jean-la-guerra-del-golfo-no-ha-tenido-lugar.pdf

Benjamin, Walter
2009. “La obra de arte en la época de la reproductividad técnica” en http://caosmosis.acracia.net/?p=458.

Debord, Guy
2009. “ La sociedad del espectáculo” en http://caosmosis.acracia.net/?p=166

Deleuze, Gilles
2005. Lógica del sentido. Paidos: Barcelona.
2006. Diferencia y repetición. Amorrortu: Madrid.

Deleuze, Gilles y Guattari, Félix
1973. El AntiEdipo. Barral: Barcelona.
2006. Mil mesetas. Pre-textos: Valencia.

Duncombe, Stephen
2007. Dream, re-imagining progressive politics in an age of fantasy. The New Press: New York.

Salomon, Christian
2008. Storytelling, la máquina de fabricar historias y formatear las mentes. Peninsula: Barcelona

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