Los emisarios del apocalipsis: postales desde Francia I

junio 15, 2013 § 2 comentarios

Son las dos de la tarde, tras una intensa jornada de trabajo en el campo que empezó a las seis de la madrugada discuto con mis compañeros seasoniers sobre el fin del mundo. Tema sencillo, ya veis. La cuadrilla está compuesta de seis personas, según criterios identitarios y afectivos: un ruso-francés de unos veinticinco años llamado Pierre que excretado por la maquinaria disciplinaria francesa pasó diez meses en la cárcel por cargos de alcohol –como mucha otra gente de su edad en este país que dio nacimiento a Michel Foucault: Vigilar y castigar-, otro francés adorable llamado Pascal –al que “acusan” constantemente de gay dentro del domaine personas que posiblemente votarán al Frente Popular, ¡puagh!: la sociedad francesa es terriblemente familiar-, Josefina –una española de unos 60 años que lleva toda su vida de emigrante en Francia y a la que llamamos la mamá y todos respetamos: ojos vivos, cuerpo abrasado al sol e ingenio agudizado-, Maggie –inglesa de 45 años, con hijos, que huyó de una relación con final triste en su país natal y que posee un indescriptible atractivo salvaje junto a una fuerza indómita-, Tintín –amigo, compañero de aventuras desde hace tiempo y revolucionario en búsqueda de un futuro nómada: roots and future, podéis visitar su blog aquí– y yo.

El caso de Tintín y mío es similar al de muchos otros jóvenes españoles, buscamos una salida al desierto que ha invadido nuestro país natal. Queremos un futuro y decidimos autoexiliarnos, una decisión política y existencial. Consideramos que la vida no se puede reducir a esa cárcel en que se ha convertido España para mucha gente de nuestra generación. En unos días se unirán otros dos amigos españoles a nuestra cuadrilla mientras otro compañero de aventuras y revolución me ofrece irme un año a Ecuador donde están formando otra célula de autoexiliados –en la que ya habitan otros tres amigos gallegos. Puede que España se convierta en el principal país exportador de revolucionarios. Al menos mientras los impuestos de nuestros padres -esa clase media que desaparece perdidos en su propio delirio noventero- sigan pagando los palos que recibimos en nuestras espaldas por parte de antidisturbios que nos niegan una vida, mientras esos mismos padres intentan mantenernos en modo de supervivencia y dependencia económica de nuestras familias. Así de duro: entre nosotros ya empezamos a hablar en voz baja de generación perdida. Pero algunos ya nos hemos empezado a rebelarnos ante ese estatus: algo bueno tenía que tener todo esto.

Nuestro grupo de seasoniers conforma el paisaje típico de los márgenes del sistema productivo. Una estampa que ya viví hace siete años, trabajando en aquel caso en la vendimia española, donde por cierto ya no puedo trabajar, no solo porque paguen una miseria y cada vez haya menos trabajo sino porque la mayor parte de jornaleros son contratados ahora por empresas externas en el extranjero, principalmente en Marruecos. Pascal inicia la conversación sobre el fin del mundo: dice que un amigo le contó que el sol está a punto de estallar y con esa explosión se deshabilitarán todos los dispositivos electrónicos y de geolocalización: el fin de la civilización. La historia ya la había oído antes, en el 2012, con un significado para mí más narrativo que real. En ese momento Tintín salta y proclama que nosotros somos ya los emisarios del apocalipsis: los franceses no tienen ni idea de la que se les viene encima. Yo apostillo: el fin del mundo ya ha sido, nosotros habitamos el desierto, fait accompli. Explico que junto los nuevos emigrantes españoles, italianos, griegos y árabes que hoy se dirigen al centro del imperio (europeo) –Francia, Alemania, UK- se encuentran todos aquellos emigrantes senegaleses, marroquíes o rumanos que han decidido abandonar la miseria de la periferia europea –los PIGS– y sumarse a esta gran oleada migratoria. A Coruña se está quedando vacía de senegaleses, también de jóvenes. Aun así me pregunto ¿después de Francia y Alemania que parada nos espera? Esta es la last stop para todos los emigrantes de la globalización capitalista. El círculo se cierra. Las consecuencias de una emigración basada en la desigualdad llegan: realmente somos emisarios del apocalipsis.

Dudo que Francia pueda aguantar la presión migratoria que se le viene encima, a la que se le suma la presión proveniente de las banlieus y la inminente recesión de la que los franceses aún no tienen ni idea. No saben de la gente quemándose a lo gonzo delante de los bancos, de los policías acuchillando a vendedores de preferentes, de las derivas fascistas de un gobierno que se derrumba, de la revolución, de la depresión, de los padres y madres de familia desesperados ahorcándose y de los jóvenes con su sistema nervioso colapsado por la ansiedad y la falta de realización personal. Ayer tuvimos la reunión anual de evaluación de la producción y reparto de primas. Todo caras sonrientes, la empresa parece realmente una familia y no del tipo de esas multinacionales americanas o alemanas que juegan a paintball. Muy distante de las actuales reuniones de empresas españolas, con sus despidos, su mala leche, sus caras largas, sus EREs. Era como volver al pasado: back to the future. Pero las señales del futuro ya empiezan a llegar. A pesar de que los números de la empresa siguen creciendo, la deuda de los compradores ha subido un 10%, muchísimo más que el año pasado: Tintín y yo nos miramos y sonreímos, somos profetas de un apocalipsis que no tardará mucho en llegar, conocemos el futuro. Por supuesto, tras la reunión se desvelan los típicos conflictos de clase, los jornaleros cobran menos que los que están en la oficina a pesar de deslomarse al sol pero la grieta de esta sociedad francesa que se descompone aún no es lo suficiente grande y esa diferencia de clase aún no ha alcanzado las cotas a las que se llega tras una crisis como la española cuando la pequeña apertura se convierte en abismo. Como dicen en La Haine: Mientras se cae todo va bien, lo importante no es la caída, es el aterrizaje.

Finalmente el grupo de jornaleros acaba hablando de comunismo. La comunidad está muy presente entre los estratos más bajos de esta sociedad entre lo feudal y lo capitalista que es el domaine. Priman los afectos y la economía del don. Me recuerda a la edad media y las rebeliones de campesinos del siglo XVI con Thomas Muntzer a la cabeza. Aquellas rebeliones a las que los marxistas llaman despectivamente pre-revolucionarias y que dejaron Europa poblada de cadáveres de hombres y mujeres que lucharon por su libertad. Omnia Sunt Comunnia. Cadáveres que suponen la antesala del capitalismo moderno y el fin de un modo de vida. Hablamos entonces del lema “a cada uno según sus necesidades y de cada uno según sus posibilidades”. Ya solo quedan dos horas para acabar la jornada de hoy. Espero que no me entre más azufre en el ojo: quizá por eso relacionen a los comunistas con el demonio. Los jornaleros huelen mal, según dicen este olor no se me irá en menos de tres semanas, las clases altas no tienen ese problema. Hoy iré a la playa y visitaré al alcornoque centenario que está de camino. Es el más grande que he visto jamás. Abriré los pulmones y respiraré fuerte.

Todo está por construir: el apocalipsis es la apertura hacia lo posible, trés jolie como le decimos a nuestra cuadrilla de seasoniers mientras todos reímos.

Pd: Precisamente, y no es casualidad, el compañero Tintín publica hoy un nuevo post hablándonos sobre las postales. Muerte: te retamos. Leerlo aquí: http://ecosnomadas.blogspot.fr/2013/06/postais.html

El alcornoque centenario

El alcornoque centenario

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